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lunes, 18 de julio de 2011

Tan lejos y tan cerca

Estoy en el aeropuerto de Gran Canaria, después de esperar la hora y media de rigor, y otros tres cuartos de hora añadidos de retraso (para no variar mi historial), me subo al autobús que me llevará al avión.
Medio centenar de personas nos agolpamos en el autobús, todos impacientes por llegar a nuestro destino.
Miro el mar de fondo y al levantar la vista descubro a una mujer mirando también al horizonte y con los ojos llenos de lágrimas. De repente siento una inmensa empatía por ella, me pregunto cuáles serán los motivos que han provocado ese llanto. Un llanto disimulado, un llanto contenido, pero en todo caso un llanto que intuyo viene motivado por alguna despedida, o al menos eso es lo que mi mente decide imaginar.
Me sorprende el efecto que puede llegar a provocar en uno mismo la tristeza o alegría de los desconocidos.

Pasan 5 minutos, llegamos a nuestro avión, y no la vuelvo a ver más, probablemente no vuelva a ver a esa mujer en mi vida, pero de alguna manera esa completa desconocida ha provocado algo en mi, sin conocer los motivos de sus lágrimas he comprendido su tristeza y durante varios minutos me he sentido muy cerca de ella, quizás porque la distancia que nos separaba en el concurrido autobús no superaba los dos palmos.

Son curiosos los aeropuertos. Reconozco que siempre, desde bien pequeña, me han encantado. Gente iendo y viniendo, reencuentros, despedias,risas,lágrimas, idiomas distintos, razas distintas...parece que todo fuera posible en un aeropuerto. En cuestión de minutos te cruzas con miles de personas, cada una de su padre y de su madre, cada una de un lugar diferente, con una vida distinta a la tuya, o quizás parecida. Es como si de repente te toparas con un trocito de planeta, con una pequeña muestra del mundo.

Aterrizamos en Madrid y vuelvo a coger otro autobús que me lleva a la terminal 2 del aeropuerto de Barajas. En este caso me llama la atención un niño, de unos 4 años, que viaja con su abuela. Le pregunta que dónde están las maletas, que las necesita porque dentro están sus juguetes nuevos, y por nada del mundo los quiere perder. "A recogerlas vamos" le dice su abuela, y el niño asiente, aunque no queda del todo satisfecho. Quiere sus juguetes ya mismo, no entiende de esperas. En este caso siento también mucha empatía, aunque esta vez el pequeño no me inspira tristeza, todo lo contrario, me arranca una sonrisa.